LA FORMACIÓN MONÁSTICA
EN EL HOY DE AMÉRICA LATINA

I. Vida Monástica y Postmodernidad LatinoAmericana: un diálogo exigente.

Primeramente les daré un esquema de lo que me propongo tratar.

I. La tradición monástica: un cara a cara con la historia.

La obediencia-humildad como "Éxodo": la experiencia del "no".
El ejemplo de Benito.
La invitación del Prólogo de la Regla.
La milicia comunitaria.
La obediencia-humildad benedictina en América Latina hoy.

La estabilidad como compromiso de solidaridad y fidelidad: la experiencia del "sí".
La responsabilidad comunitaria.
La solidaridad activa.
La experiencia de la fidelidad.
La opción por la encarnación y la inculturación.

II. La conversión de costumbres en el cambio de época.

1. La progresividad monástica.

Del ideal de perfección a la búsqueda de Dios.
Una espiritualidad del crecimiento por etapas.
El ensanchamiento del corazón: del temor a la libertad.
Pedagogía de la misericordia y de la confianza.

2. El realismo benedictino.

La castidad como conversión de mis relaciones al otro y a mí mismo.
La pobreza como conversión de mi relación al mundo.
La obediencia como conversión de mis relaciones colectivas.
Conversión, sanación y salvación: retos de la postmodernidad en nuestro continente.

3. El personalismo comunitario de la Regla.

Los diferentes tipos de monjes y la postmodernidad (RB. 1).
Cristocentrismo benedictino: columna vertebral del personalismo comunitario.

III. La vida benedictina: un camino laical.

Un camino evangélico de la vida diaria.

La sensibilidad laical de los monjes.
San Benito laico.
Anticlericalismo de la Regla.
La eclesialidad monástica en medio de una Iglesia plural.

Acogida benedictina: experiencia de Pentecostés.
El monasterio una Iglesia de fronteras y sin fronteras.
La discretio como escucha de la alteridad.
Presencia de comunión.


IV. Un camino de reconciliación.

Lo "monástico" como reconciliación consigo mismo.
El monje: hombre/mujer unificado/a.
Silencio y no violencia.
"Estar con uno mismo".

De lo monástico a lo contemplativo: una reconciliación con el universo y con Dios.
La última visión de san Benito.
La contemplación como tarea de reconciliación.
La discretio como rehumanización.

Una experiencia benedictina del género.
Lo masculino y lo femenino en el monasterio.
San Benito y santa Escolástica.


V. Crisis del monaquismo en postmodernidad.

Una profunda crisis institucional.
El espacio para lo imprevisto.
El "dilentantismo" benedictino.
Una cierta irrelevancia histórica.

La crisis de la fidelidad.
Del grupo a las redes.
La cultura de la duna y la estabilidad.
La utopía de la armonía y el cuestionamiento de todo proyecto, incluyendo la salvación.

La crisis de la autoridad.
Paternalismo benedictino y democracia neoliberal.
Personalismo comunitario e individualismo.
Ascesis y placer.

VI. Conclusión: ¿es posible ser monje hoy en América Latina?


IV. Un camino de reconciliación.

En términos más posmodernos, me atrevería a hablar de la obediencia y de la humildad como de un itinerario de reconciliación. Abordaré aquí tres dimensiones de este camino: la reconciliación consigo mismo, contenida en la utopía del "monos", el monje; la reconciliación con el universo y Dios, a través de la liberación contemplativa, y la reconciliación de género a través del estilo de vida y de la hospitalidad.

Al presentar la vida monástica como un proceso lento y continuo de reconciliación, pienso, evidentemente, en esta sociedad quebrada, herida y dividida. En este sentido, no imagino el monasterio como una reunión de "elites" y de "perfectos" sino como un hospital de las almas y de los cuerpos. Esta opción tendrá mucha importancia en el momento de plantearnos los criterios de discernimiento vocacional y las modalidades de formación a la vida monástica. El objetivo es sanar a gente herida y no separar del torbellino doloroso del mundo a gente excepcional.

Lo "monástico" como reconciliación consigo mismo.

Estoy convencido que la utopía monástica apunta en primer lugar a la reconciliación del ser personal. Panikar habla de "simplificación". Nosotros utilizamos en el mismo sentido la palabra unificación. El monje emprende un largo camino de unificación de las energías dispersas y conflictivas de su ser. Este proceso apunta a destruir en uno mismo todo temor y toda violencia. El camino de esta reconciliación es la obediencia y la humildad en el silencio, el retiro, la discreción, la clausura etc. De alguna manera el objetivo es alcanzar la libertad de san Benito, del que Gregorio nos dice que "estaba siempre consigo mismo". Esta propuesta es una buena nueva en un continente y una cultura destrozados por la vergüenza, la desconfianza, la baja autoestima, la angustia y la duda de identidad a todo nivel (sexual, cultural, social etc.).

De lo monástico a lo contemplativo: una reconciliación con el universo y con Dios.

Yo sé que no hay que identificar lo monástico con lo contemplativo y que muchos de nuestros monasterios no podrían definirse como esencialmente contemplativos en una perspectiva estrechamente canónica. Sin embargo, me parece que la contemplación impregna la totalidad del acontecer monástico y que el objetivo espiritual esencial es el "no anteponer nada al amor de Cristo", según la expresión de la Regla, es decir estar en comunión permanente con Él.

Si me refiero a la última visión de san Benito en los Diálogos, donde nuestro padre ve el universo entero concentrado en un solo punto de luz, considero que simboliza el ensanchamiento progresivo del corazón orante del monje. Este corazón, al liberarse de todo deseo particular, corre a sus anchas porque adquirió una respiración a la dimensión del mundo y de Dios. Como muchos místicos, lo que Benito experimenta en esta visión es el encuentro del mundo y de Dios, su reconciliación final y total en la persona del contemplativo. Esta experiencia tiene algo que ver con las intuiciones de Teilhard de Chardin.

Sin ninguna duda, nuestra cultura posmoderna, especialmente en América Latina, es más sensible a la experiencia de armonía mística que a los discursos ideológicos y éticos. La Vida Monástica responde, de alguna manera a esta aspiración de "bien estar" y, más aún, de "bien ser" con el entorno, consigo mismo y con Dios.

Lo contemplativo, en definitiva, es la cumbre de la "rehumanización" monástica. Así comprendo los dos largueros de la escala de la humildad: el alma y el cuerpo reconciliados en Cristo.

Una experiencia benedictina del género.

Lejos de ser misóginos (o de temer a los varones en el caso de las benedictinas), considero que los monjes, por su estilo de vida, buscan, como en un delicado encaje, armonizar lo femenino y lo masculino, constitutivos de toda verdadera humanidad. Sin caer en los estereotipos caricaturizados, podemos afirmar que la vida del claustro es una verdadera aventura de género por la búsqueda de la belleza, la acogida, la liturgia, la escucha, el trabajo, el cariño respetuoso entre generaciones etc.

En esta línea, me inclino a pensar que la evidente atracción afectiva de san Benito por las mujeres (la nodriza, la amante y la hermana) y el evidente apego de las mismas hacia él, han debido influir en el estilo de relaciones y de convivencia que Benito nos propone. La muerte de Escolástica, por ejemplo, tal como nos la narra san Gregorio, sobre todo el episodio de la tumba común exigida por san Benito, son todo un símbolo elocuente de esta santa reconciliación final de la mujer y del varón después de largas luchas por liberarse de las ataduras del deseo, reconciliación que es el verdadero nombre de la castidad y, más aún, de la caridad.

Para el hombre y la mujer posmodernos, heridos profundamente en su identidad y su relación de género, este camino benedictino de liberación, reconciliación y transfiguración del eros es fuente de una alegría inmensa.

V. Crisis del monaquismo en postmodernidad.

Hasta aquí hemos subrayado, en el cara a cara benedictino con el mundo, los aspectos más proféticos y más favorables al diálogo en la coyuntura actual. Esta presentación podría pecar de idealismo e ingenuidad si no la confrontamos con la evidente y profunda crisis de la propuesta monástica en la situación de la sociedad latinoamericana de hoy. En efecto, si disponemos, en nuestra mejor Tradición, de tantos elementos convincentes, ¿porqué convencemos tan poco? Quisiera, precisamente, dedicar este espacio a plantearme con sinceridad y humildad, dicha pregunta.

En la perspectiva de la refundación, por la que opté al comenzar estas reflexiones, la pregunta de la crisis apunta siempre hacia dos direcciones: la primera es nuestra infidelidad a estos fundamentos de la espiritualidad benedictina. Si no convencemos es porque ya no somos signos de lo que proclamamos. A través del tiempo, nuestra vida se ha caricaturizado, "mundanizado", pervertido, hasta llegar a contradicciones fragrantes. Más aún, en nuestros estilos de instituciones y modos de vida se han introducido mecanismos perversos, deshumanizadores, patógenos. Esta afirmación no es exclusiva de la vida monástica. Vale para el conjunto de la Vida Consagrada. Pero es importante interrogarnos sobre estos mecanismos en nuestro contexto. Pues, si no los denunciamos y no sanamos, repetiremos siempre los mismos errores, caeremos infinitamente en los mismos impasses. Además, cabe preguntarse si es legítimo proponer a esta generación un modelo que les va a enfermar más en vez de sanar y liberarlos.

Pero es cierto también que la coyuntura cultural, social, política, económica y hasta religiosa de nuestro continente y del mundo posmoderno cuestiona hasta lo más sublime de nuestra propuesta. Lo que nos toca vivir ya no es sólo un Pentecostés entre diversos lenguajes humanos sino un diálogo entre planetas extremadamente distantes. El riesgo de esta constatación es doble: o bien la vida monástica se considera como un todo intangible en su forma y sus contenidos y se condena así a la "muerte de Sócrates", encerrada en su noble manto de certezas; o cedemos a las seducciones del mercado y rebajamos de manera vergonzosa las exigencias proféticas de nuestra propuesta para poder sobrevivir en una mediocridad tan mortífera como la postura anterior.

La refundación intenta evitar estos dos escollos. Propone, en primer lugar, reencontrarnos con lo fundante de la Tradición, aún si es abrupto y escandaloso para el mundo de hoy. Para tal fin, refundar implica arrepentirse y convertirse, renacer del Espíritu como Nicodemo, y despedirse de los atuendos contra-testimoniales de nuestros estilos e instituciones.

Pero, refundar implica a la vez dejarse interpelar por la cultura actual para preguntarnos qué de nuevo nos puede enseñar. ¿Qué lenguaje nuevo de evangelio para hoy, qué carismas adormecidos o inéditos nos puede revelar? En efecto, la vida monástica, como toda la vida religiosa, es ante todo una respuesta histórica y no un modelo a priori. El Espíritu es constante y cambiante a la vez, como la vida, como la historia, y hay que dejarle cambiarnos para esta época. No hay que confundir estabilidad con rigidez de cadáveres, aún si son cadáveres revestidos del oro prestigioso de nuestras tradiciones.

Una profunda crisis institucional.

Todos los estudiosos de nuestro tiempo están de acuerdo en su caracterización de la cultura contemporánea como la muerte de todo discurso ideológico y de todo el sistema institucional al que sustentan, justifican y sostienen. Todos los discursos, en postmodernidad, han perdido su credibilidad, especialmente los discursos que proponen una salvación (religiones, marxismo etc.). No es de asombrarse, entonces, que el discurso religioso sea uno de los más afectados por el cataclismo y, dentro del mundo religioso, los sistemas más institucionalizados.

No podemos negar que la vida monástica, a lo largo del tiempo, ha ido institucionalizándose cada vez más. Dentro del abanico de las propuestas de vida consagrada, el monaquismo es seguramente una de las que deja el margen más estrecho para improvisar y para lo imprevisto, que sea en los horarios, las formas y estilos de oración y celebración, como en la expresión de los sentimientos e itinerarios personales. Nuestra estabilidad se ha encarnado en una especie de monotonía agraria (aún si transgredimos constantemente el modelo a nivel individual de manera no oficial), muy diferente del movimiento creativo perpetuo de la vida urbana.

Precisamente, más grave que lo monolítico de nuestros estilos, hay que denunciar el individualismo que se intrometió en nuestro precioso personalismo comunitario.

Debemos reconocer, además, que la discreción benedictina se presta siempre al riesgo de lo que en francés se llama el "diletantismo". Se trata de una forma de vivir simpática, humanista, elegante, pero sin mayor relevancia para el individuo, el grupo y la sociedad o la Iglesia. No molestamos a nadie pero tampoco significamos algo decisivo en el paisaje. Somos "aficionados" más que profesionales de la profecía que pretendemos vivir. Y si este "esteticismo" sin peligro, propio del benedictinismo histórico, se reviste de los signos privilegiados de la buena burguesía, nuestra neutralización social, eclesial y cultural se vuelve perfecta.

En nuestro continente, a diferencia de la vieja Europa por ejemplo, no hay verdadera tradición monástica y la imagen de lo monástico en la opinión pública va pocas veces más allá de lo folklórico tal como aparece en las novelas o telenovelas. La realidad de nuestras vivencias en los terrenos de la mística, de la ascesis, del compromiso histórico con nuestros pueblos sufrientes, de las relaciones fraternas ¿es lo suficientemente convincente para cambiar esta imagen? Pregunta grave y esencial.

La crisis de la fidelidad.

La socióloga de las religiones Danielle Hervieu-Léger caracteriza la postmodernidad como una mutación social de una estructura grupal hacia un sistema de redes. En esta perspectiva, toda la historia humana, y en particular la modernidad, se estructuró alrededor de los grupos: familia, comunidad, etnia, religión etc. Lo propio del grupo es, precisamente, dar identidad y conciencia de pertenencia al individuo. Esta identidad y pertenencia apuntan a la permanencia y se apoyan en un discurso ideológico y una construcción institucional. La doctrina y la moral occidentales en su conjunto, incluyendo por supuesto lo cristiano, se refieren enteramente a dicho horizonte.

La cultura de las redes, en la que estamos entrando rápidamente, no busca ni identidad ni pertenencia, menos aún permanencia y proyecto. Su ideal es la comunicación plural y efímera, productora de armonías sucesivas. En este sentido, asistimos a lo que podríamos llamar una especie de "orientalización" del Occidente en una cultura del cambio perpetuo sin contorno ni otro objetivo preciso que la armonía.

¿Cómo comprender, por lo tanto, en esta cultura "duna", como la hemos llamado en otra oportunidad, la propuesta benedictina de la estabilidad y su proyecto de santidad y salvación? ¿Cómo convencer del gozo de un compromiso único y definitivo en la variación permanente de la "búsqueda de Dios" benedictina? Si esta pregunta atraviesa toda la propuesta cristiana en una cultura de la pasajero, nos concierne particularmente a nosotros los monjes.

La utopía posmoderna, en vez de presentarse como un proyecto de salvación, espera una sanación, una felicidad, una reconciliación dinámica e inmediata. En lo que hemos rescatado de nuestra Tradición, me parece, por lo tanto, que debemos privilegiar la dimensión de itinerancia reconciliadora y sanadora más que los aspectos institucionales e ideológicos de nuestro modelo. Por allí iría, me parece, una intuición de refundación que saque del tesoro benedictino lo viejo y lo nuevo.

La crisis de la autoridad.

Dentro del cuestionamiento posmoderno global a la ideología y a sus instituciones, es, indudablemente, la justificación y el ejercicio de la autoridad que se ven más socavados. Supongo que todos los superiores y superioras aquí presentes comparten secretamente mis sentimientos. Personalmente no deseo a nadie la desgracia de ser abad o prior en estos tiempos y, a la vez, desearía que, de inmediato, se presentaran diez candidatos entusiastas a la sucesión. Ser superior hoy es algo que se asemeja al martirio sin, siquiera, el consuelo de apología alguna.

Este drama de la autoridad en contexto posmoderno se acentúa más aún en la Tradición monástica en la que este servicio es privilegiado sobre cualquier otro y se entiende como paternidad espiritual definitiva o, por lo menos, a largo plazo. ¡Qué bueno sería, a la manera moderna y democrática, limitar nuestro servicio a una sana y eficaz administración del monasterio y de sus miembros por un tiempo reducido, cómo en cualquier congregación más reciente! Pero, desgraciadamente, es precisamente lo que san Benito rechaza. El abad debe estar por encima de las preocupaciones materiales para estar al cuidado de las "almas", es decir del itinerario espiritual de cada uno y del grupo en sí, de sus vocaciones. Por este motivo, nuestro padre insiste para que se delegue a otros todo lo que podría distraerle de esta responsabilidad, como son la economía y la administración (aún si de él deben depender en última instancias).

¿Es compatible el "paternalismo" benedictina con la mentalidad democrática moderna, sobre todo con sus caricaturas extremistas neoliberales? Esta pregunta no es tan fácil de contestar. Por una parte, un ejercicio monárquico de la autoridad es hoy día algo imposible e incluso perverso. La democracia es un bien irrenunciable hasta en los monasterios. Además, el abad posmoderno no tiene hombros suficientes para tanta carga. Por otra parte su exagerada centralidad en el monasterio lo reduce cada vez más a una especie de "punching ball" comunitario donde todos los hermanos de todas las edades y el grupo en sí ejercen sus puños, expresando así sus inseguridades congénitas, sus heridas familiares pasadas y su afán bulímico de independencia a la vez que su dependencia afectiva contradictoria. Con esta descripción, algo caricaturizada pero cercana a la realidad, quiero afirmar que es seguramente esta sagrada institución abacial, columna vertebral de la Regla, la que, con mayor urgencia, necesita ser refundada. Pero no me pregunten cómo. Intuyo que esto dependerá del coraje y de la madurez de cada comunidad al confrontar la Regla con la realidad comunitaria y cultural de su propio contexto. No creo que sean los capítulos generales ni los congresos de abades quienes tengan que refundar el abaciado. Se trata de una tarea de todos los miembros de la comunidad, incluyendo los más jóvenes, como lo señala san Benito en su capítulo sobre el consejo. Pero esta tarea promete conflictos, desánimos e impasses. Hay que tener la valentía de arriesgar el consenso. Fuera de este esfuerzo común no doy mucho, en el futuro, de nuestra institución monástica tutelar. Pues, detrás de dicho debate, son la obediencia y la humildad que necesitan ser refundadas para ser reasumidas. Si no las refundamos seguirán siendo lo que son hoy: un saludo a la bandera sin ninguna encarnación convincente.

Pues, esta generación posmoderna (no hablo sólo de los jóvenes) tiene un prurito de independencia y, a la vez, una incapacidad congénita de iniciativa y de riesgo autónomo. Esta contradicción hace que el "punching ball" abacial sirva a su vez como bolla de naufragio para una comunidad tremendamente fragilizada. El abad termina, en esta contradicción, de rehén de un juego imposible, tachado una vez de dictador y otra de indeciso, lo que lo arrincona literalmente en la impotencia.

En esta encrucijada de la autoridad monástica, entra de manera ejemplar la dialéctica ascesis – placer. En la perspectiva de la Regla, es el abad el encargado de encaminar a los hermano/as y a la comunidad hacia la libertad espiritual que implica mística y ascesis. Pero, en el contexto posmoderno exageradamente individualista, la crítica, o la simple observación, sobre todo si se hace en comunidad, es un tabú cuya trasgresión es considerada por el grupo como la peor falta de un abad. En esta dialéctica, la autoridad se ve reducida, una vez más, a una institución muda. Pero, el problema no es tanto el cuestionamiento al esquema monástico de autoridad, crítica que, personalmente, estimo válida y útil. Lo grave es el vacío abismal que deja la neutralización del mecanismo abacial por este proceso.

VI. Conclusión: ¿es posible ser monjes hoy en América Latina?

No quiero terminar esta primera reflexión escandalizándoles irremediablemente. Empecé diciendo que mi meditación sería una lectura de fe: fe en Jesucristo y su Espíritu que atraviesan toda la Historia y, por lo tanto, la nuestra; fe en la vigencia de la vida consagrada en todo tiempo y, en particular, en este; fe y amor profundo por la Tradición Benedictina a la cual debo todo, prácticamente.

Pero no puedo cerrarme los ojos. Los tiempos que vivimos son muy graves, en todo sentido, incluyendo lo que Benito dice de la "gravitas". Esta gravedad concierne tanto lo que me atrevería a llamar, con mucho cariño, nuestra gentil "decadencia" monástica como los retos que la nueva cultura plantea a lo más fundamental del evangelio y de la experiencia cristiana..

Por lo tanto, no me atrevería a contestar a la pregunta que yo mismo les lanzo. No tengo respuesta todavía pero, sí, muchos interrogantes y aún más objeciones y dudas. Lo cierto es que el futuro de lo monástico en nuestro continente y en esta coyuntura será difícil e implicará una conversión radical con expectativas bastante modestas en cuanto a número de monjes y prestigio de nuestras comunidades.

Por supuesto, podríamos adoptar una postura de repliegue, y no son pocos los que escuchan dichas sirenas, regresando a esquemas premodernos y cuidando un escrupuloso aislamiento de la vida monástica de cualquier miasma posmoderno. Pero esto me parece una opción (inconsciente e irresponsable) por la muerte.

Si, en cambio, buscamos ser fieles a la vez a la Tradición y a los signos de los tiempos, debemos prepararnos a un largo proceso de liberación y de conversión radical que, en este contexto, llamo refundación.

Dicha propuesta, pasa, evidentemente, pero no exclusivamente, por la formación. Si, en mi segunda reflexión, me atrevo a plantear una propuesta de formación monástica para el hoy de América Latina, es que, a pesar de mis muchísimas dudas y de mis cuestionamientos infinitos, opto por creer en un futuro nuevo y fecundo para los monjes en este continente. Este futuro lo veo no tanto desde la preocupación por nuestra propia supervivencia, sino porque creo que podemos ser una buena noticia de felicidad y liberación para nuestra gente de aquí y de hoy.

Simón Pedro Arnold o.s.b.
Prior de Chucuito, Perú
Chucuito, julio 2003

 

II. La Formación Monástica en América Latina Hoy.

 

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