LA FORMACIÓN MONÁSTICA
EN EL HOY DE AMÉRICA LATINA

Simón Pedro Arnold o.s.b., Prior de Chucuito, Perú.

 

II. La Formación Monástica en América Latina Hoy.

I. La cultura juvenil.

Aproximación de la temática.

Diversidad y ambigüedad del concepto.
Una realidad típicamente moderna.
Muchas juventudes un solo modelo.
Cultura juvenil y "juvenilización" de la cultura.

Nuevos modelos juveniles.

Intento de radiografía.
Dimensión afectiva.
Dimensión ideológica e intelectual.
Dimensión corporal.
Dimensión espiritual.

Cultura juvenil y crisis de la adultez.

Ideal juvenil como ideal universal.
Quiebre de las instituciones de identificación.
Contraste entre madurez biológica, social, intelectual y afectiva.

Feminismo y crisis de la identidad de género.

Crisis de los roles sociales.
Cambio y aceleración generacional.
Hacia una nueva definición de lo adulto.

II. Tradición formativa monástica y nueva sociedad.

1. De la paternidad/maternidad espiritual al acompañamiento espiritual.

2. Diversas tradiciones de la Iglesia.

El acompañamiento espiritual como propuesta inculturada.

3. La simbólica monástica del Buen Samaritano.

Acogida como sanación.
El camino de liberación comunitaria y personal.
La "paciencia geológica" de san Benito.
El monasterio como escuela de humanización evangélica.
El arte de la intuición benedictina.

4. Crisis de las referencias institucionales e institución monástica.

La imagen del Padre.
La fraternidad y el compañerismo.
El testigo.
Liturgia y trabajo: cotidianidad sanadora.

III. La metanoia: reto de la vida espiritual.

1. La experiencia del despertar.

2. La experiencia fecunda de la "noche".

3. La experiencia de la gracia de la "iluminación".

IV. El monasterio como "escuela del servicio divino".

1. Escuela de paz y no violencia.

Acoger la paz.
Construir la paz.

2. Escuela de verdad.

El reto de los puros de corazón.
Vida comunitaria como revelación.
Vida comunitaria como taller de la verdad.

V. Conclusión: Carisma eclesial y cultural de la tradición monástica.

1. El monasterio como utopía y propuesta de sociedad y de Iglesia.

2. El reto cultural de la postmodernidad latinoamericana a los monjes.

San Benito y los jóvenes.
De la huida del mundo al hundimiento en el mundo.
Modestia y ternura benedictinas como cercanía a la cultura.
Permeabilidad a las culturas y estabilidad benedictina: la experiencia de la vecindad.


 

II. La Formación Monastica en América Latina Hoy.

La presente reflexión está pensada en continuidad con la primera sobre las oportunidades y dificultades de la propuesta monástica en contexto posmoderno. Propongo cuatro etapas y una conclusión recapitulativa. Primero me adentraré en la cultura de hoy, especialmente lo que se suele llamar la cultura juvenil, refiriéndome no sólo a los jóvenes sino a una propuesta cultural global que afecta el conjunto de la sociedad. En efecto, es una constatación general en nuestros monasterios, que las vocaciones que acogemos son de gente mayor y, muchas veces, con un recorrido anterior bastante tormentoso. Y, sin embargo, la marca de esta nueva generación de novicios es bastante similar a lo que se podría decir de gente más joven en nuestra sociedad.

En una segunda etapa, trataré de confrontar la tradición formativa de nuestros monasterios con la realidad cultural presentada.

Seguidamente, me detendré en un punto esencial de nuestra propuesta: la exigencia de metanoia monástica y de su posibilidad en este contexto específico.

Después de este interrogante medular, volveré a la expresión de la Regla que presenta el monasterio como escuela del servicio divino. ¿Cómo hacer que esta intuición no se estanque en el rechazo universal por lo escolar y pueda ser acompañamiento creíble a discípulos de Jesús en una verdadera escuela espiritual.

No quisiera terminar esta reflexión sin plantearnos, a modo de conclusión, una serie de preguntas serias sobre el tipo de eclesialidad que la vida monástica propone para candidatos venidos de una cultura pasablemente alejada y reacia a todo lo eclesiástico.

I. La cultura juvenil.

Hoy en día se suele hablar más de lo juvenil como de una propuesta cultural global, propia de la postmodernidad, que como el mundo específico de un grupo generacional determinado. Es en ese sentido que me ubico en este primer paso de mi reflexión.

Aproximación de la temática.

El concepto mismo de juventud es diverso y bastante ambiguo. ¿Se trata de una etapa intermediaria de la vida, entre la infancia y la adultez, que se caracteriza por una autonomía social, económica e intelectual relativamente grande y una igual irresponsabilidad real en estos diversos campos de la vida humana? Si de esto se trata, muchos pobres, especialmente en el mundo campesino, nunca experimentan la juventud a causa de la carencia universal que les toca vivir y afrentar. Pues, ser pobre, aún desde muy temprana edad, es ser dependiente eternamente, del grupo familiar en particular, y, a la vez, siempre responsable de su parte de la supervivencia del grupo, muy especialmente las mujeres.

Si la juventud es, más bien, un ideal que abarca lo físico, el espacio del placer, las utopías del éxito etc., una vez más se trata de un ideal confiscado para la inmensa mayoría de los latinoamericanos, por razones económicas pero también raciales y sociales.

Finalmente, si la juventud es un modo de ser, libre, audaz y algo anárquico, contradice la realidad de la inmensa mayoría de los jóvenes enredados en conflictos de identidad, de autoestima originados en la quebrada experiencia de las relaciones humanas propia de estos tiempos en nuestro continente.

En realidad, lo juvenil es una creación típicamente moderna. Implica, en efecto, una cultura que creó un espacio social intermediario, caracterizado por la escolaridad, cada vez más generalizada y prolongada. En las sociedades tradicionales, prácticamente no existe la juventud. Y no debemos olvidar que la gran mayoría de los jóvenes de nuestro continente son originarios de clases sociales emergentes de la cultura tradicional, como si el hijo del Inca Manco Capac (fundador de la dinastía incaica) hubiera engendrado a Michael Jackson. En efecto, esta especie de "no man’s land" cultural supone una sociedad que pretende asumir colectivamente la transición de la niñez a la edad adulta a través de su formación. Esto es una típica conquista moderna, no lo olvidemos. Conquista en grave peligro de muerte hoy en día por la depredación de la escuela popular y su progresiva transformación en simple guardianía, muchas veces violenta y mediocre, de una muchedumbre juvenil para la que no tenemos propuestas sociales, económicas y políticas serias.

Las constataciones anteriores nos hacen comprender que, a lo mejor, existen muchas juventudes, según las clases sociales y las oportunidades reales que se les presentan. Pero, a la vez, la propuesta del mercado cultural y económico a esta juventud es única. El modelo juvenil prefabricado, es el mismo para todos y todas siendo, para unos pocos, una invitación al gozo desenfrenado e irresponsable, y para los muchos un sueño frustrante e inalcanzable, a no ser por los medios violentos o a costa de un esfuerzo sobrehumano. No es casualidad si, en nuestro continente, aún para los monasterios, tradicionalmente más ligados a las aristocracias nacionales, la casi totalidad de las vocaciones vienen del mundo popular pobre y hasta muy pobre, con dichas características de ideal frustrado, el cual buscan, consciente o inconscientemente, compensar o realizar en nuestras instituciones.

Pero este ideal que me atrevería a llamar perverso no sólo se presenta a los jóvenes en sí. A la verdad, por primera vez en la historia humana, se propone lo juvenil, en el sentido complejo y confuso señalado más arriba, como el modelo ideal de toda la sociedad.

En las sociedades tradicionales, la aspiración es alcanzar la adultez con sus señales propias de responsabilidad y prestigio colectivos. Incluso, lo más prestigioso es la vejez, merecedora de todo el respeto del grupo. Hoy la escala de valores se ha invertido, presentando la irresponsabilidad juvenil como un ideal permanente y el envejecimiento como una desgracia que hay que camuflar como sea. En nuestra cultura, la sabiduría adquirida no es considerada como valor sino la volubilidad constante de los saberes sucesivos. El ideal posmoderno no es el sabio sino el "excelente", es decir aquel que maneja adecuadamente la innovación permanente del sistema. No es difícil adivinar que esta juvenilización de la cultura es una verdadera catástrofe para toda propuesta adulta basada en la responsabilidad y la fiabilidad, y muy especialmente para la propuesta de sabiduría monástica con sus rasgos tradicionales, casi patriarcales.

Pero esta cultura juvenil no es estática sino movediza. Así el modelo propuesto ya no es aquel del joven revolucionario y descuidado a la manera del 68. Al contrario, hoy se valora una imagen exquisita, estética y algo femenina de lo juvenil. Siento, personalmente, que este modelo refleja precisamente la turbulencia de las identidades, de género, de edades y de grupos específicos, propia de un tiempo de cuestionamientos radicales. Esta es una cultura de redes en perpetuo movimiento donde la identidad perdió sus referencias y se transforma en búsqueda ansiosa. Lo juvenil refleja en sus formas y contradicciones esta travesía cultural de la tempestad.

Intento d e radiografía.

Me propongo ahora esbozar una especie de radiografía del joven posmoderno, privilegiando cuatro dimensiones que me parecen particularmente significativas: la afectividad, la ideología y la intelectualidad, lo corporal, y, finalmente, lo espiritual, esperando que este perfil nos ayude a comprender nuestras perplejidades y a responder más adecuadamente a la realidad.

En una cultura caracterizada por el quiebre dramático de las referencias institucionales, las relaciones y las identidades que brotan de ellas se ven también dañadas. No es de asombrarse, entonces, que la afectividad sea la médula del comportamiento, de la forja de personalidades. La paradoja reside en el hecho de que el mundo afectivo de los jóvenes sea a la vez tremendamente herido y que, sin embargo, por eso mismo quizás, lo afectivo sea la referencia englobante y exclusiva de todo comportamiento, de toda decisión, de toda actitud. Hemos visto cómo la comunicación de sentimientos en el medio familiar, escolar y social se va empobreciendo rápidamente, cómo el puente de la palabra se reduce cada vez más, dejando el espacio mayor a la relación frontal con la mediación casi única de la sexualidad. Las relaciones afectivas, por la crisis de la palabra, se ven cruelmente y casi exclusivamente erotizadas, con una carga extrema de violencia y de inseguridad, especialmente en las relaciones de género, tempranas y adultas.

Esta realidad afecta directamente nuestra vida comunitaria monástica donde discreción, soledad, clausura y silencio encubren, muchas veces, esta herida de la generación posmoderna. Pero este encubrimiento no logra evitar lo que llamo aquí la erotización de las relaciones, hasta en los monasterios. Quizás, al contrario, la pueda favorecer En este contexto cultural ¿no serán también el silencio, la clausura o la soledad oportunidades gloriosas para la violencia, los celos, los repliegues temerosos y los apegos recalcitrantes? En una palabra, ¿nuestro sistema no atraería hoy principalmente a personalidades patológicas a nivel afectivo, que encuentran y desarrollan, bajo la sombra de la ascesis monástica, verdaderas enfermedades psicológicas traídas del medio desgarrado donde crecieron?

Si la afectividad es la columna vertebral de las personalidades fragilizadas que se acercan a nosotros, comprenderemos también que la dimensión ideológica e intelectual de su personalidad sea bastante frágil a su vez. No hablaré de cosas elementales como la lectura, la ortografía, la comprensión básica de discursos, dramáticamente deficientes, por cierto, hasta en las universidades, sino de cosas más fundamentales como todo lo concerniente al pensamiento autónomo. Pareciera que la escuela popular busca más transmitir competencias, informaciones y capacidades (además muchas veces obsoletas) que enseñar a pensar de manera personal y creativa. Son excelentes, los jóvenes de hoy, para abrir el motor y para manejar la información con competencia. Pero cuando se trata de optar, decidir, opinar, nos encontramos ante un abismo de incertidumbre. Cuando afirmo esto, no es de manera peyorativa. Dicha situación es responsabilidad del mundo de los adultos y de la mediocridad de sus instituciones de transmisión.

¿Qué decir de lo anterior de cara a la vida monástica? En lo que llamamos en la presentación anterior el personalismo comunitario benedictino, la capacidad de pensar por sí mismo, de rumiar, de leer y de imaginar es condición sine qua non para ser un monje feliz. Pienso en particular en la lectio divina. Les dejo con el interrogante.

En este nuevo perfil humano que se va dibujando en postmodernoidad, la corporeidad se vuelve uno de los terrenos privilegiados de la comunicación y de la autoimagen. En una civilización parlanchina pero prácticamente muda cuando se trata de palabras para lo esencial, el cuerpo se transforma en mensaje privilegiado. De ahí la importancia enorme de las apariencias, del vestido, del olor, del peinado etc. aún, y quizá más, entre los jóvenes varones. El cuerpo es mensajero y baluarte, puente y muralla. Con él se pretende entrar en relación, detrás de él se esconde la inseguridad congénita del ser.

En la perspectiva monástica, donde muchos de nuestros discursos, implícitos o no, tienden a negar, ocultar o silenciar la relación con el cuerpo o a través del gesto corporal, este dato se transforma en una profunda preocupación.

Finalmente, ¿qué tipo de experiencia espiritual brota de esta nueva cultura? Evidentemente, los jóvenes de hoy tienen sed de Dios. Pero se trata de una experiencia mística algo confusa, vaga y movediza, una aspiración a la comunión y a la armonía mucho más que una búsqueda de salvación o de sentido último. Se privilegia, en dicha experiencia, los sentidos y el afecto. El deseo de experimentar sensiblemente el misterio que nos rodea y nos envuelve, inspira a la generación posmoderna una búsqueda constante de nuevas sensaciones en una especie de pluralismo espiritual extensivo e híbrido. Por allí va, de alguna manera, la intuición del New Age.

Estamos bastante lejos del rumiar monástico, de la repetición sobria de la misma Palabra profundizada, de la búsqueda benedictina a tiendas en la austeridad del desierto interior.

Cultura juvenil y crisis de la adultez.

Detrás de este panorama juvenil, lo que en realidad se esconde es una crisis profunda de la adultez. En efecto, si lo juvenil es el ideal propuesto a todas las generaciones confundidas, los criterios que caracterizaban a la persona adulta se ven radicalmente cuestionados. Esta situación va a la par con el quiebre de las instituciones de identificación como la familia, la nacionalidad, la escuela, la Iglesia, el género etc. Esta pérdida de horizonte de identificación explica porqué la adultez biológica no corresponde ya a la adultez social (indiferencia política, desempleo endémico mayoritario, inadecuación de la escolaridad etc.) ni, mucho menos, a la adultez intelectual o afectiva. Está de moda hoy la reflexión sobre la crisis de medianía de edad. No se trata de otra cosa que de la revelación de la falta de madurez, largo tiempo aguantada y ocultada, y que estalla a los cuarenta o cincuenta.

Uno de los terrenos donde esta crisis de adultez se manifiesta más claramente es la identidad de género. En efecto, el movimiento feminista y sus conquistas han provocado una caída de las categorías masculinas y femeninas tradicionales. Los varones, en particular, viven actualmente una gran inseguridad ante las mujeres. Podemos afirmar que esta búsqueda de nuevos paradigmas, más justos, de lo femenino y de lo masculino, afecta profundamente la cuestión de la adultez. En muchos casos, los jóvenes, a pesar de sus incoherencias y contradicciones, se revelan más adultos que los supuestamente adultos, enredados en infantilismos irresponsables (ver la pareja por ejemplo).

Detrás de estos datos inéditos, constatamos un cambio radical de los roles sociales, cambio del cual no podemos todavía adivinar ni prever todas las consecuencias. Lo que está en juego aquí es el nacimiento de una nueva categoría para comprender lo adulto. Quizás ser adulto ya no se identifique en el futuro con una personalidad "cuajada" y acabada y una capacidad de asumir las responsabilidades a largo plazo, sino más bien con la flexibilidad y la capacidad de adaptación constante. Esta nueva adultez nos prepara una sociedad radicalmente diferente.

¿Es pensable una propuesta monástica desde estas nuevas categorías de la adultez en una tradición donde el anciano es la referencia privilegiada y la estabilidad la virtud fundadora de la vida espiritual?

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Simón Pedro Arnold o.s.b.
Chucuito, julio 2003.

 

I. Vida Monástica y Postmodernidad Latinoamericana
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